Posted by on Abr 3, 2015 in Sensaciones | 0 comments

El invierno me comprime,  arruga, reduce y hace que me sienta como una simple y vulnerable hortaliza.

Lo mismo que una herbácea como  la cebolla, debo protegerme con capas y capas (en mi caso de ropa) contra las inclemencias de tiempo.

Solo soy, como una especie de ojos semi-ocultos  paseantes entre altos cuellos y coloreados tapabocas.

Busco cobijo en locales bien caldeados, salas climatizadas y hogares cálidos.

Los paisajes nevados me parecen fantásticos, vistos desde un lugar apacible y con el calor que puede desprender un gratificante fuego o una buena chimenea.

Pero luego al  llegar la primavera, mi espíritu se ensancha y todo cambia. Las plantas florecen, despiertan los aromas aletargados, las ciudades parece que tienen una especie de hormigueo natural que bulle, se escuchan risas, la gente parece que recobra su alegría postergada, las terrazas se llenan por las noches en busca de deleites gastronómicos y se impregnan de un cierto carácter peculiar que le imprimen sus miles de bares, también se palpita la animación de las calles en un desafío de maneras, la diversidad de mestizaje de razas con sus  variados acentos y también a menudo, la cantidad de notas musicales que nos llegan desde dispares puntos.

Y es que, los Mediterráneos somos seres ardientes, vibrantes, de reuniones, festines, paseos, terrazas, tabernas, banquetes y con todos los ingredientes necesarios para la puesta en escena de esta comedia musical que despierta la emoción colectiva y cuyo único fin es, aligerar la tristeza acumulada durante los meses de invierno y es entonces cuando yo, me siento diferente; creo que hasta florezco, me ensancho, me estiro, e incluso, me crezco algún que otro centímetro…