Posted by on Ago 6, 2016 in Sensaciones | 0 comments

Esperamos con impaciencia que las agujas del tiempo giren constantemente durante muchos meses, a la espera de que el calor  regrese, brindándonos con su retorno, la posibilidad de asomarnos nuevamente a la ventana del mundo.

Con su llegada hace que entremos en una especie de plácido sueño, perdamos un poco de vista la realidad y nos adentremos en un tiempo muerto donde se desvanecen horarios, presiones, excusas, perezas, impaciencias y desafíos.

Nos ofrece la posibilidad de aparcar agendas, desinhibirnos, aligerarnos de ropas, de formalidades, de composturas, de estrecheces, de escrúpulos y recrearnos con sus largos atardeceres, horas perdidas, reuniones,  insólitos manjares, risas compartidas, mirada robadas y confesiones a la luz de la luna, obsequiándonos al mismo tiempo con una especie de precioso tatuaje, dibujado con perfumes de  brisa marina que se nos quedan impregnados en la piel.

El mar nos espera, nos llama, nos reclama, nos atiende, nos acaricia, nos sorprende  y nos enamora (como si de un buen amante se tratara), para que sin espacios, sin treguas, sin tensiones, sin esperas y sin angustias, provocando  únicamente en nosotros una cierta turbación, nos abrace, nos arañe, nos emocione, nos hechice, nos atrape y nos contagie, para lograr que entre sus aguas, murmullos, bailes, colores y aromas, nos desvanezcamos embrujados entre sus armónicas olas…