Posted by on Ago 25, 2016 in Sensaciones | 0 comments

 

Cada día cuando la ciudad parece que despierta y empieza a estar tomada por numerosos viandantes, que con dinámico caminar nos dirigimos a nuestras variadas ocupaciones, suelo cruzarme con un barrendero que con cierta amabilidad, tiene que interrumpir constantemente su labor, para dejarnos pasar a todos los que cruzamos por su acera.

Lo hace con sumo sigilo y sin ningún tipo de reproche ni expresión en su rostro, que refleje la más mínima contrariedad, a pesar de ser totalmente consciente de que cada día tendrá que repetir su habitual tarea, así como también; luchar frecuentemente contra el incivismo y la falta de consideración de algunas gentes.

Una mañana en una especie de reconocimiento personal a estos hombres anónimos que sin ningún tipo de protagonismo y en silencio, consiguen que las ciudades y calles luzcan un poco mejor (al menos durante un par de horas) y  venciendo iniciales reparos, así como con una cierta timidez por mi parte, me atreví a saludarle y desearle un buen día.

Desde entonces, se ha convertido en una costumbre nuestro saludo diario y tengo el pleno convencimiento de que si pusiéramos en práctica gestos tan simples como este, conseguiríamos formar una especie de cadena humana, que lograría que nos sintiéramos mejor con los demás, con nosotros mismos e incluso, que  empezáramos con más ánimo, nuestras actividades diarias…