Posted by on Sep 14, 2016 in Sensaciones | 0 comments

Normalmente muchos de nosotros somos personas educadas que seguimos los criterios constituidos, sin salirnos casi nunca del guion

Pero a veces las convenciones seguidas durante largo tiempo, nos abruman, absorben, cansan, irritan y agotan.

En algún momento de nuestra vida, nos invaden unas terribles ganas de despeinarnos un poco, permitiendo que el aire nos agite el cabello y al mismo tiempo despojarnos de nuestras galas, para liberarnos y escaparnos de toda norma establecida.

Deseos de soltar amarras que nos tienen rígidamente atados, a cantidad de prejuicios desfasados y sensaciones reprimidas.

Saborear esta sensación que se tiene al no tener ataduras, horarios, que nos permitan dormir hasta más tarde de lo habitual, despertar a cualquier intempestiva hora, deleitarse con largas siestas que nos transporten a una cima de alguna majestuosa ciudad o tal vez, a otro desconocido lugar totalmente perdido y apartado del mundo.

Decir lo que uno piensa sin ahogar opiniones, rebatir sobre temas velados, sacar a la luz tramas ocultas o proclamar en voz alta alguna lindeza que por respeto nunca nos atreveríamos a  pregonar y, en definitiva, dejar de lado las buenas formas.

Organizar reuniones cargadas de cervezas, vinos, licores y risas espontaneas, de estas que se producen sin motivo o tal vez  de otras, provocadas por extrañas y oscuras confidencias.

Caminar sin rumbo, plan, pausa o prisa, llegando hasta donde el destino con sus malabares juegos, tenga previsto llevarnos.

Pero luego uno toca tierra, abre los ojos, despierta,  regresa la conciencia, el peso de la realidad y entonces se siente aliviado, únicamente con el solo hecho de haberlo soñado, pues a pesar de todo, tiene la mala suerte de ser moderado, correcto, considerado y educado…