Posted by on Ago 26, 2015 in Sensaciones, Uncategorized | 0 comments

Horas de luz, tardes largas e inacabables con una claridad que nos invita a asomarnos curiosos al mundo y dejar atrás aquellos días gises y tristes en los que la pereza se apoderaba de nuestro espíritu y nos acurrucaba en el sofá.

La vida nos reclama, llenándonos de luz y de un hormigueo de variadas sensaciones que bullen en nuestro interior.

Tiempo de paseos, cervezas, reunión  de amigos, conversaciones triviales o profundas al aire libre mientras percibimos, la brisa marina acariciándonos la piel.

Días de chiringuitos, cenas coloridas,  blancas, formales, informales, comidas que habían quedado relegadas por la inercia de las rutinas.

Momentos  de reencuentros, de despertar sentimientos dormidos y miradas robadas.

Época para el amor. La gente se siente más desinhibida en verano, corta ataduras y se enamora más. También los besos salados son a la vez,  los más dulces y los que saben mejor.

Todo parece eterno, como los juramentos que se hacen los enamorados por la noche bajo los árboles y la cálida luz de la luna.

Y nuestros cuerpos crecen, aumenta, se estiran, se alargan, embellecen y proyectan una luz especial que se contagia y flota en el ambiente.

Son tiempos desprovistos de tensión, de soltar amarras, de desprenderse de ropas apretadas, donde todo se relaja, de ir sin rumbo, sin estrategia, sin plan establecido, donde la ciudad se convierte en un desafío de maneras, avivador de fuegos reposados y ocultos detrás de aquellos días aletargados y húmedos.

Ciudades liberadas del tráfico rodado y llenas de turistas , con rostros sofocados, vestidos con ropas roídas o variopintas que se integran en el gentío, formando masas de paisaje urbano sin identidad o tal vez; con una suma fascinante de todas ellas.

Y los demás, transitando como sonámbulos entre todo este barullo con un hormigueo en nuestro cuerpo, mientras caminamos despeinados  abriéndonos sendero, por la brisa de la vida…