Posted by on Sep 28, 2014 in Autoestima, Cuentos | 0 comments

En un pintoresco pueblecito costero vivía una vez un niño huérfano que apenas tenía nada para comer. Sus vecinos le ayudaban regalándole ropa y todos los alimentos que podían. A menudo se acercaba al mar y se sentaba sobre una roca, soñando en lo que quería ser cuando fuera mayor. Deseaba llegar a ser alguien importante. Este anhelo lo guardaba oculto en su interior, pues como lo encontraba inalcanzable, no quería compartirlo con nadie por miedo a que se burlaran de él.

Un día estaba sentado como de costumbre al borde del agua y vio una pequeña botella vacía que iba flotando movida por el viento. Entonces con una rama la fue acercando hasta la orilla. Se la llevó a casa, y metió en ella un trozo de papel con su nombre, el del pueblo y su secreto deseo. La tapo con el mismo tapón que llevaba, y al día siguiente la lanzó nuevamente al mar, lo más lejos que pudo.

Se quedó contemplando durante largo rato aquel envase, que entre el fuerte oleaje iba dando vueltas, escondiéndose, hundiéndose y apareciendo nuevamente en una especie de danza, hasta que al final lo perdió de vista.

Pasado un tiempo fue a vivir al pueblo una rica señora que se había quedado viuda. Era una mujer triste que se encontraba muy sola, pues tampoco tenía hijos ni ninguna otra familia. Una mañana mientras paseaba se fijó en el niño de nuestra historia y sintió lástima por él al verlo sucio, con su cara pecosa y sus ojos azules tristes como los suyos.

Al interesarse por el en la aldea, le dijeron que se llamaba Tomás, y le contaron su historia. Ella se enterneció, y comprendiendo que podía hacer una buena obra, fue a hablar con él y después decidió adoptarlo.

Un amanecer claro y despejado salió un viejo pescador con su barca, que tenía anclada en la playa para recoger sus redes. Al sacarlas vio algo extraño entre los peces. Al acercarse vio que era un frasco con un papel en su interior.
Lo abrió y, al leer el mensaje se dio cuenta que lo había escrito un niño. Por los borrones también comprendió que había estado llorando mientras lo escribía. Entonces se emocionó y lo cerró nuevamente, y con sumo cuidado lo arrojó al agua, lo más alejado posible.

Una vez en alta mar un escualo fue a comerse un pez más pequeño, y entonces, de un bocado, se lo tragó, y al mismo tiempo se engulló un envase que iba flotando.

En un lugar lejano, mientras estaban faenando los pescadores de un barco, mataron un enorme tiburón, y al ponerlo sobre una mesa de despiece para descuartizarlo…